Pisco: alcohol, mar y desierto

Después de varias postas, incluyendo un jugador de la B de Perú, un camionero con dos familias  y un auto con 2 policías, conseguimos un camión con dos choferes, así que no paraban de noche. Por eso pudimos llegar a Pisco a las 3 de la mañana. Nos bajaron en el cruce y de ahí fuimos en taxi a lo de Luis, que nos esperaba despierto. Luis es un jubilado peruano que vivió muchos años en EEUU, pero que se volvió para disfrutar de la paz y el mar de la zona. Ni siquiera quiso vivir en su Lima natal, se fue a San Andrés, un pequeño pueblito de pescadores que está entre Pisco y Paracas. Cuando se aburre agarra su moto y sale a ver alguna de las tantas cosas interesantes que hay en la zona.
Apenas llegamos nos fuimos a dormir, reventados por el viaje de 17 horas que habíamos tenido. No pudimos dormir mucho, ya que temprano entró luz por todas las ventanas, así que nos despertamos y esperamos que Luis hiciera lo mismo, pero él no tenía apuro y pensó que nosotros íbamos a levantarnos tarde, así que apareció como a las 10, desayunamos y fuimos los 3 hasta Paracas para ver qué podíamos hacer los siguientes días. Como siempre lleva turistas a una agencia, ya le hacen precio a sus huéspedes. Después de reservar el tour para la Reserva  (valga la redundancia) de Paracas nos fuimos a caminar un poco por la costanera y de ahí nos volvimos a lo de Luis, que se encargó de cocinar.
A la tarde fuimos hasta el centro de Pisco, una ciudad que con el terremoto de 2007 quedó destruida. Vimos algunas fotos en un libro, y después nos contaron algunas historias, es terrible lo que sufrió esa gente. Al apocalipsis que significa un terremoto, la perdida de la casa, la muerte de conocidos y todo eso, se sumó la falta de ayuda o la ayuda tardía y la corrupción, que hacía que los amigos de los políticos recibieran subsidios antes que el resto, aunque no lo necesitaran.
Pasamos frente a lo que era la municipalidad, no la tiraron abajo pero está considerada inhabitable, por lo que no la usan más y quedó como la dejó el terremoto.

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La única muni peor que la de Córdoba

Acá nos sentimos más en Perú que en Arequipa, porque empezamos a sentir una tormenta de bocinazos apenas nos acercábamos a la calle. Quedarte parado significa convertirte en un blanco para los taxis, que creen que si te tocan muuuchas pero muchas veces la bocina, te van a convencer de que te subas, aunque no quieras ni los necesites. Así que la caminata de media hora de ida y de vuelta, era un tormento para los oídos.

Al día siguiente nos pasaron a buscar, nos llevaron hasta la agencia y de ahí partimos.  Lo primero que nos llevaron a ver fue el monumento al general San Martín, desde donde se ve la bahía de Paracas. ¡Que grande mi general! Llegó a la bahía con 11 barcos de guerra y como 15 de transporte y los pocos españoles que había en la zona salieron corriendo. Lamentablemente el guía, bilingüe, era holandés. ¡¿Que sabe un holandés sobre don José?! Así que no explicó nada. Pero googleamos y pudimos imaginar lo que era ver venir a esa marina criolla con ganas de pasar a degüello a todo el ejercito realista, con los barcos saliendo de atrás de la bruma y San Martín parado (o montado en su caballo blanco) al lado del almirante esperando llegar para desembarcar. Por culpa de la manipulación de todo las plazas que vi en mi vida, no podía dejar de imaginarme a San Martín arriba del caballo, una imagen muy surrealista arriba del barco. Supongo que esa parte del tour puede ser interesante solo para nosotros los argentinos, para el resto solo es un buen lugar para sacar fotos.

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Los peruanos dicen que San Martín es el creador de la bandera, o sea que allá no festejan el 20 de julio. Así como a nosotros en la escuela nos cuentan la leyenda de que Belgrano se inspiró mirando el cielo con nubes blancas, a ellos le cuentan la leyenda que San Martín creo la bandera en Paracas, estaba durmiendo y soñó con un flamenco que pasaba volando.
De ahí fuimos a un museo, pero la entrada era aparte, así que casi nadie entró y todos fuimos hasta una playa donde se puede ver flamencos, pero lo ves como a 200 metros, así que fue medio embole eso, porque encima fueron como 40 minutos perdidos.
Después sí se pone más lindo. Primero nos llevan a ver la Playa roja desde arriba de un acantilado, pero lo más interesante es la vista magnífica del choque entre el mar y el desierto. Son dos fenómenos gigantes que creemos que están a miles de kilómetros de distancia y ahí están juntos.

img_1317Luego se baja a ver la playa desde más cerca, pero no se puede caminar por la playa porque muchas aves la usan para anidar.

Después seguimos hasta otra playa, en la que hay algunos restaurantes donde te llevan a almorzar. Nosotros nos tomamos el pisco de cortesía y nos fuimos a la playa a comer nuestra vianda. Comimos rápido y después nos pusimos a tomar sol y a mojar las patas en el agua, mientras veíamos volar a pelícanos y otros pájaros.

img_1399Para que lo tengan en cuenta si van, los menús en los restaurantes de la playa están varios soles más caros que en  Paracas. Cuando los demás terminaron de comer pegamos la vuelta. El tour nos salió 20 soles por cada uno, más 10 de entrada al parque.

Como llegamos temprano a Paracas, nos quedamos paseando y caminando por la playa, haciendo tiempo para ver el atardecer.

Al día siguiente hicimos otro tour con la misma agencia. Pero este no era paisajístico sino de aventura, o de escabio. Íbamos a conocer el oasis de Huacachina. Nos llevaron en un auto con otra pareja a una bodega, que funciona como cooperativa y varios productores hacen sus vinos. Podría decirles que fue una experiencia cultural y darle importancia a lo que nos contaron de la producción del pisco, pero la verdad que lo único importante es la cantidad que tomamos. El guía de la bodega nos preguntó si estábamos dispuestos a comprometernos con la cata. Y después de decir que sí, empezó a darnos de chupar. Primero fueron 3 tipos de pisco, uno con uva blanca, otro de uva negra y el tercero es un pisco “acholado”, que sería una mezcla de uvas. Después vinieron unos vasos de vino y otro de licor y de yapa uno más de pisco. En total fueron 8 vasos tipo shot bien llenos en menos de 10 minutos. A esa altura ya nos reíamos de todo y era el mejor tour de nuestra vida.

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Ebrios felices

Pero como si hubiéramos tomado poco, nos llevaron a otra bodega, que es una bodega-museo, porque el dueño original  era coleccionista de todo lo que encontraba. Nosotros pensamos que ahí no nos daban de tomar, pero el guía que nos llevaba mientras nos señalaba alguna de las piezas más extrañas nos fue sirviendo 4 vasos de diferentes piscos. Yo sentía que lo amaba.

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De ahí nos subió al auto y nos llevó a buscar el buggie que nos iba a meter a las dunas. Subir y bajar a toda velocidad por dunas gigantes, y borracho, es como estar en una montaña rusa. Sentíamos oleadas de adrenalina y se nos escapaban grandes carcajadas.

img_1495En un momento el chofer frenó, sacó las tablas de sandboard, nos explicó un poco como tirarnos, y allá fuimos. Nos tiramos un par de veces en una duna y otro par en otra. Pero lo más divertido fue cuando nos tiramos rodando. Eso lo hicimos también 2 o 3 veces, incluyendo la última que fue para bajar hasta la laguna, mientras la otra pareja iba en el buggie.

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2 niños rodando por las dunas

De la felicidad que teníamos ni nos dábamos  cuenta de los golpes que nos pegábamos mientras rodábamos como niños en la arena. Para nosotros llegar al oasis era llegar a la felicidad, habíamos visto fotos de esa laguna hacía meses, y estábamos ahí. Bajamos mitad rodando y mitad corriendo, pero todo el camino riéndonos.

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Tocamos el agua, nos lavamos la cara y fuimos a buscar nuestro guía que nos estaba esperando con nuestras cosas en un bar. Lo único que lamento es que por la excitación del momento y saber que nos estaban esperando, no nos dimos cuenta de sentarnos 5 minutos a mirar el oasis y seguir disfrutando del momento, solo miramos un poco desde arriba y mientras corríamos, pero en ese momento no nos importaba nada, éramos felices. ¿Cuantos momentos de la vida uno puede decir eso?

El ultimo día en Pisco fue de descanso. Nos levantamos y después de desayunar fuimos caminando hasta el mercado central, compramos medio kilo de mariscos por 10 soles. Después volvimos y mientra hacíamos tiempo que Luis volviera para cocinar, descansamos. A la tarde fuimos un rato a conocer la playa de San Andrés. Nos sorprendió la poca cantidad de turismo que vimos en las playas de Paracas y San Andrés, aunque no son las más lindas y estaban en temporada baja, pensamos que íbamos a ver más turistas. A la noche hicimos una cazuela de mariscos con arroz, y humildemente tengo que decir que nos salió buenísima. Estaba tan buena que lo que sobró lo desayunamos al día siguiente, antes de salir para Lima.

 

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