En descapotable desde Huaraz a Trujillo

La adrenalina empezó a fluir apenas arrancó la combi. Era manejada por el Schumacher peruano pero con menos amor por la vida. Ahí fue cuando confirmamos que los choferes y los cobradores van a comisión, o sea que cuanto más pasajeros juntan, más cobran. ¡Una locura! Como todas las combis que van al mismo destino salen de la misma terminal, salen compitiendo y acelerando para que el de atrás no lo pase, porque si se le adelanta puede sacarle pasajeros. Así que nuestro chofer llevaba su combi a 120 y cada vez que alguien le levantaba la mano para subirse, clavaba los frenos y después lo subían a los empujones y con gritos. Si eran viejos, mejor, porque son más fácil de empujar. Si llegan dos combis juntas a una parada agarran a los pasajeros uno de cada lado y lo tironean para ver quien lo sube. A una chica casi la descuartizan como a Tupac Amaru. Con Lu casi nos hacemos creyentes para poder rezar. Después de unas 14 o 15 faltas contra las leyes de tránsito, llegamos. Nuestro destino era Caraz. Le dijimos que si entraba al pueblo nos dejara sobre la ruta antes de entrar. Sí, sí, nos respondieron. Nos dejaron adentro del pueblo como a 10 cuadras de la ruta. Pero por algo pasan las cosas, caminando hacia la ruta, el primer camión al que Lu le hizo dedo frenó.

Nosotros habíamos decidido salir hacia ese camino porque queríamos atravesar el Cañón del Pato, y desde ese pueblo es el único camino que se puede hacer para llegar a Trujillo. Si les digo que el camino tiene un solo carril, pero es doble mano y que de un lado hay montaña y del otro precipicio, se preguntarán por qué carajo preferíamos ir por ahí. La respuesta es simple, porque el paisaje es hermoso, porque hay más de 40 tuneles, porque a veces es lindo ir por los caminos que los demás no se atreven a cruzar y porque nos gusta la adrenalina.

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Estaba angosto el camino

Nuestro nuevo transporte iba cargado con carbón mineral y hace esa ruta casi a diario. Una de las cosas buenas de viajar haciendo dedo es que te enterás de historias que de otra forma nadie te las cuenta. El chofer nos contó que la semana anterior había volcado con el camión. ¿Por qué? Porque eran las 5 de la mañana y de golpe se le apareció en la ruta un nene como de dos años, desnudo y con el pelo super rubio y largo hasta el piso, él hizo una maniobra para esquivarlo y se le fue el camión. Cuando se bajó vio que el nene estaba como a cien metros y seguía caminando como alejándose. Dice que los camioneros viejos lo ven cada tanto, siempre solo y nunca se le ve la cara. A un bus se le apareció adentro de uno de los túneles y se le apagó el motor. Tuvieron que pasar la noche adentro del túnel. Cuando el camionero contaba la historia y como sintió él, que no podía hablar del susto, se me puso piel de gallina.

El paisaje es espectacular, cuesta creer que la ruta pase por ahí. El camino está en el borde de la montaña y después sigue una quebrada super profunda y al final se ve correr el río. Del otro lado, de nuevo montaña. Desde los túneles se ve el río por algunos huecos que hay.
Algunos de los túneles son tan largos que no se ve el final, y como solo pasa un carro, el camión tiene que tocar la bocina por si hay otro entrando. Da más miedo el bocinazo del camión que la oscuridad del túnel.

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Profunda la quebrada

Nos bajamos en la Hidroeléctrica del Pato y ahí nos quedamos esperando nuestro siguiente móvil. Nos preparamos nuestros sandwichitos intentando refugiarnos en un poco de sombra y esperamos. De todos los caminos posibles, ese es el menos transitado, así que no pasaba mucha gente. Ya empezábamos a pensar un plan B, que sería tomar una combi, cuando frenó un camión que llevaba en la cabina como tres personas, nos dijo que podíamos ir en la parte de atrás. Era nuestro descapotable.
Era un camión que transportaba frutas, nos pusieron una tabla arriba de unos cajones y a disfrutar. Tendríamos como 6 horas para oler tunas, manzanas, duraznos y pepino melón. Aclaro que solo comimos una tuna.
El viaje fue hermoso, nos reímos muchísimo, entre las rendijas de la caja del camión disfrutábamos el paisaje que es pie de selva y nos llenamos de adrenalina. No es lo mismo pasar por un túnel adentro de un auto que hacerlo viendo las piedras directamente arriba de uno. Y si pasás mirando para arriba y viendo como las piedras corren hacia el otro lado, parece que cada vez vas más rápido y hasta podés pensar que estás en una montaña rusa.

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También nos sentíamos un poco como inmigrantes ilegales. Nos dijeron que si había controles, nos escondiéramos. Y hubo un par. Nos agachábamos lo más abajo posible y desde ahí tratábamos de escuchar la charla del chofer y el policía. En el segundo control Lu escuchó la palabra “Arriba” y después escuchamos que golpeaban las maderas de la caja. El susto nos hacía abrir grandes los ojos y hacernos más chicos. Finalmente no pasó nada y seguimos viaje, pero el miedo nos duró varios kilómetros. Aunque el que iba a tener problemas era el camionero, no sabíamos que podía pasarnos y nos sentíamos responsables por alguien que nos había hecho un favor.

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Más cerca de Trujillo cambia el clima y la geografía. El terreno se pone árido y desértico. Ahí empiezan a aparecer los carteles de “Sitio Arqueológico”, y te preguntás ¿Dónde vivían? ¿Cómo subsisitian? Y es en esa zona en donde falta investigar porque están los carteles, pero no se ha excavado nada y solo se perciben las ruinas debajo de las montañas de arena y piedra.
Por suerte el camión también iba a Trujillo, porque se habían olvidado de nosotros. Llegamos hasta el mercado central y se bajaron, estiraron las patas, charlaban y ni amagaban con buscarnos, hasta que Lu les gritó y ahí recién se acordaron que nos tenían ahí atrás.

La estadía en Trujillo ya es otra historia.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Virginia dice:

    Muy lindo chicos que linda experiencia y cuantas anegdotas van a tener. Muy buenos los relatos de Nico.

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    1. nicobonder dice:

      Gracias Vir!!

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