Cartagena y Playa Blanca

Cartagena es una ciudad que venden como una de las más lindas de Sudamérica, tengo que decir que aunque tiene su belleza, está lejos de ser una de las mejores. Con su casco antiguo y su ciudad amurallada deslumbra al turista tradicional, pero sus barrios periféricos dejan sensación de tristeza e injusticia por la brecha Rico-Pobre que se ve. Nosotros nos quedamos 2 días y la usamos de plataforma de viaje para conocer un pedacito de paraíso en Playa Blanca, en la Isla de Barú, donde disfrutamos 3 días del Caribe y de los miles de peces que vimos en el coral.
Salimos de Medellín en un bus hasta un pequeño pueblito. El objetivo era llegar a dedo lo más cerca que se pudiera de Cartagena, hacer noche en algún hotel y al día siguiente llegar a nuestro objetivo. Pero no contábamos con Alexander, un camionero que quería llegar esa misma madrugada hasta Barranquilla. Nos levantó porque como tenía demasiadas horas de viaje por delante, necesitaba compañía para no dormirse. Así que nos esperaban como 15 horas de viaje en camión. Fuimos directo a Barranquilla, que son dos horas más que a Cartagena, porque si no debíamos quedarnos en un cruce sobre la ruta y esperar un bus en plena madrugada. Nos dejó en un parqueadero de camiones y de ahí fuimos a la terminal y como a las 5 de la mañana salimos para Cartagena.
El bus urbano en el que fuimos desde la terminal hasta el barrio de Getsemani nos mostró la ciudad que no sale en las fotos de internet, la Cartagena pobre, con las calles inundadas, cloacas rebalsadas, manglares atestados de basura, cientos de motos andando por el barro y veredas repletas de vendedores ambulantes. Cuando planificamos el viaje leíamos cosas magníficas de Cartagena y más de una vez leí eso de que es una de las ciudades más linda del continente. ¿Puede ser considerada una de las más lindas, una ciudad en la que sus propios habitantes están olvidados?
Nos bajamos en el puente que está cerca del castillo de San Felipe y caminamos hasta el barrio Getsemani buscando el hostel Tortugas, que nos habían recomendado Rulo y Euge y era de los más barato, así que nos alojamos ahí. Descansamos un poco, almorzamos y fuimos a conocer la famosa ciudad amurallada. Vestigios de la época en la que la ciudad tenía que defenderse de las invasiones, presenta en conjunto el castillo que en realidad era una fortaleza y una muralla que rodeaba la zona donde vivían los ricos. Lo primero que vimos fue un castillo, que es lo que hoy visitan los ricos, ya que la entrada costaba 25000 (más de 8 dólares), que a lo mejor no parece demasiado, pero nos deja afuera a casi todos los que vamos con estilo mochilero. Así que lo vimos por fuera mientras comprendíamos qué tipo de turista buscan en esa ciudad. Algo que sospechábamos cuando veíamos más carteles en inglés que en castellano.

20161107_1508132Después caminamos con rumbo al centro, y nos topamos con la casa-museo de Rafael Núñez, y entramos más por curiosidad para saber si tenía que ver con el Rafal Núñez de Córdoba que por otra cosa. Resultó que no tienen ninguna relación y ese Rafael fue presidente un montón de veces en Colombia, y como si eso fuera poco fue poeta, periodista y autor del himno. Y nos enteramos que cuando su mujer murió la casa quedó en manos de un agiante que la convirtió en un ventorrillo, algo que no tenemos idea qué significa pero parece muy malo.
De ahí si caminamos hasta el sector colonial y amurallado, es decir la zona que sí sale en las fotos de internet. Esa zona de muchas cuadras con casas de estilo colonial, pintadas con diferentes colores, con los balcones bien adornados y cuidados. Casi todas esas casas han sido convertidas en bares, restauranntes, hoteles o joyerías. El tema de las esmeraldas es uno de los tantos temas complejos en Colombia. Hay muchísimo tráfico ilegal, muchas familias se vieron desplazadas de sus terrenos porque la mafia los obliga a vender o irse cuando se enteran que en ese terreno puede haber esmeraldas. Por eso en las joyerías las venden con un certificado que supuestamente asegura la legalidad de la explotación. Con Lu entramos a una joyería, como quien entra a un museo donde verá cosas que jamás podrá comprar. La verdad es que me cagué para comprarle un anillito, que nos dejaban a muy buen precio, pero 150 dólares es el presupuesto nuestro de varios días.

20161107_1647202También caminamos por encima de la muralla, disfrutando de la vista hacia adentro y afuera que hay desde lo alto del muro.

20161107_1648222Entre caminatas y descansos se nos fue acercando la noche, que llega a las 6pm, así que pasamos por un supermercado y volvimos al hotel, para descansar hasta el día siguiente.

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El segundo día fuimos a una de las playas que hay en Cartagena, elegimos Marbella porque está cerca y va poca gente. Es una playa de arena bien fina, y el agua es cálida pero no transparente. Realmente había poco público y casi no había extranjeros, y lo bueno es que no andaban los vendedores ambulantes. Estuvimos un par de horas y después nos cruzamos a un kiosco, nos compramos todo para hacer unos sandwiches y nos quedamos mirando la gente pasar hasta que nos aburrimos y nos volvimos al hotel.
Como no había mucho más para ver, descansamos hasta la noche y después de comer salimos a ver la movida nocturna y a tomar un par de cervezas. Extrañamente la gente se junta al rededor de la iglesia a tomar y a ver a unos pibes que bailan hip hop, algunos se sientan en los bares que están cerca pero creo que el que más vende es el almacén que está frente a la iglesia.
Luego de estar un rato ahí, fuimos a caminar un poco. Llegamos hasta una de las puertas de la muralla y ahí estaban todos los promotores y promotoras de boliches y todo el turismo sexual de la ciudad. Un par de decenas de chicas dan vueltas buscando turistas con billetes, algo que pasa en todos lados, pero que acá se hace de forma explícita, frente a la policía y en la zona más transitada y representativa de la ciudad. Nos acercamos a un local donde nos habían dicho que bailaban salsa, pero solo había algo de gente escuchando música y tomando, así que no nos interesó y seguimos nuestro camino hacia el hotel.

Lo más lindo empezaba al otro día. Nos esperaba Barú. Para ir hasta Playa Blanca hay dos formas, la que te quieren vender que es ir en lancha o en un bus directo que te sale 25000, la otra forma es hacerlo en dos etapas y cuesta 12100. Para eso hay que tomar cerca del puente una buseta (bus chico) hasta Pasacaballos, ahí te bajás y te van a acosar choferes de auto y de moto, las motos quieren cobrar 10000 pero si le peleas el precio al del auto también te hace ese precio, entonces el de la moto se enoja y se pelea con el del taxi. La cosa es que nosotros le pagamos 10000 por cada uno al chofer de un auto, ese te deja en la entrada de Playa Blanca, ahí tenés que bajar una escalera y empezar a caminar por la playa hasta que encuentres el hospedaje que más te guste. Se puede dormir en hamacas o en habitaciones. Los días de semana son más baratos que los fines de semana y, como todo en Colombia, los precios son negociables.
Desde que encontramos el hospedaje y nos metimos al agua pasaron unos 38 segundos.

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Caras de feliz cumpleaños

No había forma de resistirse al color del agua, es de esa mezcla entre verde y turquesa que creo que debería llamarse color paraíso. Apenas nos tiramos al agua nos abrazamos al grito de “Amor, estamos en el caribe”, grito que se repetiría invariablemente cada vez que nos diéramos un chapuzón en ese mar cálido, transparente y de arena blanca.

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Playa Blanca tiene la particularidad de no tener luz eléctrica, solo tienen energía a través de generadores, que tienen prendidos de 6pm a 6am. No sé si lo hacen para mantener la mística, o simplemente porque prefieren incentivar otro tipo de turismo. La misma duda tuve al ver la ruta que tienen que usar los carros, destruida y sin ningún tipo de mantenimiento, como si a alguien no le gustara que los turistas tengan acceso a la playa.
Eramos vecinos de una escuela de buceo, llamada Scuba and tours, el dueño tenía muy buena onda, vimos que estaba hablando con un par de chicos de Dinamarca y estaban a punto de salir en el tour para ver el fitoplancton. Le pedimos que nos cobrara un poco menos y no tuvo problema, así que fuimos. Fue una experiencia muy copada. Es algo que a simple vista no se ve y no sale en las fotos.

img_42882Fuimos en lancha hasta una laguna y cuando la lancha avanza abajo del casco se ve todo iluminado. No pude contener las ganas de meter la mano en el agua, ver como se ilumina todo al rededor de tu mano es asombroso y tus dedos van dejando una estela espumosa que pronto desaparece. En pocos minutos llegamos a la laguna y frenó la embarcación. Con los chalecos puestos, saltamos al agua. La gracia es moverse, ya que ahí es cuando se activan las luces y cuanto más te movés, más luces se ven. También nos dieron un equipo de snorkel para poder debajo del agua como se ven las luces. Es muy difícil explicar el fenómeno y que parezca divertido, pero vivirlo y sonreír es todo lo mismo. Es muy bueno mover la mano o un pie o lo que sea y ver esa parte del cuerpo rodeada por millones de diminutas luces que duran menos de un segundo en esfumarse. Cuando nos cansamos de nadar volvimos a la lancha y el capitán, un chico de unos 25 años nos llevó hasta una playa donde se hacen eventos para que viéramos la fiesta pero todavía no había nadie, así que solo vimos los preparativos y pegamos la vuelta. Fue suficiente por el primer día, y todavía nos faltaba lo mejor.
A la mañana siguiente nos pusimos a charlar con el dueño de la escuela de buceo, nos preguntó si nos había gustado la excursión de la noche anterior y nos ofreció el snorkel y nos dijo dónde estaba el coral. Aceptamos alquilarle el snorkel y fuimos a investigar qué podíamos ver bajo el mar. La primera impresión fue in cre í ble. Fue mirar el fondo del mar y ver muchos colores, algunos quietos y otros en movimiento. Los corales con sus extrañas formas ponen el contexto ideal para ver el montón de especies de peces que andan dando vuelta por el Caribe. Es muy surrealista la sensación porque uno no está acostumbrado a poder mirar dentro del agua y ver todo con claridad. Tampoco acostumbramos a tener la cabeza debajo del agua por mucho tiempo ni a sentir nuestra respiración. Mientras vas disfrutando la vista, todo el tiempo tenés como música de fondo tu inspiración y exhalación, juuuu, fuuuu. Me hacía acordar a Darth Vader.
Recordé la experiencia de Juan de Acróbata del Camino, que intentaba memorizar lo que había visto tratando de retener la combinación de colores que tenía cada uno. Yo usé la memotecnia de las camisetas de fútbol. Vi a los hinchas del Inter, a los de Boca, los de Peñarol, los de Temperley, los de Chaco Forever. Por suerte después nos dieron una ficha con la foto y el nombre de todos los peces y corales. De los más conocidos, vimos calamares, rayas, a Doris y además otros como el pez loro, ángel francés y un montón más.
Nos turnábamos con el snorkel que habíamos alquilado, mientras uno disfrutaba mirando hacia abajo, el otro descansaba flotando boca arriba. A veces nadábamos buscando nuevas especies en los distintos sectores del coral y otras nos dejaban mover por la corriente, de la misma forma que lo hacen los peces. Cada nueva especie descubierta despertaba el asombro y las ganas de compartir. Llamábamos al otro y le decíamos: ¡¡Mirá, uno azul re grande!! O ¡¡Mirá un cardumen de calamares!!
Esa mañana estuvimos un par de horas bajo el agua y a la tarde repetimos la exploración submarina.
El tercer día después de desayunar volvimos a hacer snorkel. Cuando volvimos, cansadísimos de tanto nadar, nos quedamos sentados en una sombra hasta que empezaron a llegar turistas. Unos de los que llegaron fueron dos amigos de Buenos Aires, estaban en Playa Blanca para festejar el cumpleaños número 65 de uno de ellos. Y no solo eso, estaban esperando a los hijos de él, que andaban viajando en 2 camionetas Van y venían con más amigos que viajaban en otras dos camionetas. Iban a hacer un asado esa noche y fuimos invitados. A la tarde hicimos playa tranquilos, disfrutando de los colores y la temperatura que nos rodeaba, mientras íbamos charlando con los que llegaban y con los dos veteranos.
A la noche comimos un asado espectacular. La gente comió poco y con Lu sentíamos vergüenza de seguir comiendo, pero nos duró poco y le metimos unas porciones más. Escuchar las historias que tenían esos locos viajeros nos hacían sentir unas ganas tremendas de seguir viajando, de seguir conociendo. Después de comer empezaron a tocar la guitarra y nos quedamos cantando hasta que con Lu no aguantamos más el sueño y nos fuimos a dormir.
Al día siguiente nos levantamos y partirmos, nos esperaba el viaje hasta Santa Marta.

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