Santa Marta y alrededores

Usamos Santa Marta de plataforma para movernos y conocer las maravillas que la rodean:  Taganga, Parque Nacional Tayrona y Minca.

Las cosas no empezaron bien en Santa Marta, el couch nos dio mal la dirección y nos pasamos un montón de tiempo arriba de un taxi buscando su casa. La ciudad estaba media inundada y era tarde así que no queríamos caminar. Cuando finalmente encontramos la casa, en lugar de disculparse, él insultó al taxista por no conocer las calles. Su casa no estaba en condiciones de alojar personas, así que solo estuvimos esa noche y a la mañana siguiente nos fuimos al centro a buscar un hotel.

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A la tarde paseamos un poco, fuimos a conocer la costanera y dimos vueltas por el centro. La ciudad en sí no nos pareció linda ni muy atractiva. Así que el siguiente día lo único que hicimos fue descansar y usar Internet en el hotel.

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Por suerte encontramos otro couch en Taganga y hacia allí fuimos el tercer día.
Nos abrió la puerta Franco, un entrerriano que ya habíamos cruzado en Cartagena y al que en Santa Marta convidamos wifi del hotel. Ahí confirmamos lo chico que es el mundo del Couch y cómo todos hacemos más o menos las mismas rutas de viaje. La casa era de otro argentino, Andrés, un artista plástico que vive en Colombia hace varios años, con su novia colombiana y Frida, tal vez la perra más dulce que nos tocó conocer en el viaje.
A la tarde fuimos a conocer una de las playas de Taganga, pero llegamos después de las 4 y la gente a las 5 ya empieza a dejar las playas, además nos habían dicho que no nos quedáramos hasta después de las 6, porque había que cruzar un morro en el que suelen robar bastante, así que estuvimos un ratito y nos volvimos. El agua no era tan linda, pero si nos gustó el paisaje, el mar está rodeado de montañas y acantilados. Cuando regresamos en lugar de ir a la casa fuimos a conocer el resto del pueblo. La otra playa no era muy diferente a la que habíamos conocido y el pueblo es pequeño y de tradición pescadora. El turismo se desarrolla al rededor del buceo y excursiones al Tayrona, ya que desde ahí se puede ir al parque en lanchas.
El segundo día no hicimos demasiado, descansamos y fuimos un poco a la playa que queda más cerca del centro. Paseamos por las pocas calles que hay y probamos el famoso cholado. Y lo más importante es que preparamos empanadas a Andrés y su novia, que era la primera vez que comía.

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Luego de esos días de calma arrancó la aventura Tayrona. La entrada cuesta 42000 (15USD) para extranjeros (para ver los precios actualizados, pueden hacer clic aquí), por lo que todos averiguamos la forma de entrar sin pagar. Dicen que hay dos maneras: yendo a la entrada antes de las 6 de la mañana cuando todavía no hay nadie y la otra forma que es más difícil. Nosotros intentamos esa otra y fracasamos. Hay que ir a un camping que está pasando el parque y preguntarle a un viejo cómo llegar. Él te indica, buscá el camino de palmeras, atraviesa el río, cruza la selva, tomá este camino, después aquel y así llegás. Nosotros nunca encontramos el camino de palmeras, así que volvimos con la cola entre las patas.

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La vista desde el camino “alternativo” para entrar gratis

Por suerte el hombre nos devolvió los 2000 COP que cobra por dejarte pasar y no nos quedó otra que ir por la puerta grande y pagar. Todos los precios en el Tayrona son más altos de lo que deberían ser. No solo porque los extranjeros pagamos casi el triple que los nacionales, si no porque el bus que te lleva desde la puerta hasta el parqueadero, que son 7 km cobra 3000, cuando un bus urbano dentro de ciudades gigantes como Bogotá o Medellín no supera los 2000 de costo. Dormir en hamacas cuesta 15000, lo mismo que en Barú.
Nos bajamos del bus ese y desde ahí hay que caminar poco más de una hora hasta el sector conocido como Arrecifes, donde hay dos camping, nosotros paramos en el segundo, en unas hamacas con telas mosquiteras. La caminata la sufrimos un poco porque la hicimos casi al mediodía y con muchísimo calor. Por suerte a mitad del camino encontramos una playa hermosa, y como le daba el sol, el agua se veía super cristalina y de un color turquesa que nos obligó a refrescarnos a pesar del cartel que sugiere no nadar en esa playa. De todas formas, por precaución solo nos metimos en la orilla porque el agua golpea con mucha fuerza.

Buena parte del trayecto se hace rodeado de bosques bien tupidos y uno agradece estar en un paisaje selvático, ya que la sombra de los enormes árboles bajan la temperatura y uno puede respirar un poco más aliviado.

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Luego de acomodarnos en el camping descansamos un poco y salimos a conocer una de las playas que está más cerca, Playa Piscina. Se llama así porque frente a la playa se levantó un muro de coral que no permite que entre directamente el oleaje y entonces el agua es calma. Como se había nublado el color del agua no lucía con tanta belleza. Así que nos volvimos a otra playa que estaba más cerca del camping y nos quedamos un rato ahí hasta que el sol empezaba a bajar. La noche en el camping es tranquila, no puede ser de otra forma cuando estas echado en una hamaca rodeado de silencio en un parque nacional donde solo hay selva y mar Caribe. Los horarios del cuerpo se nos habían ido acomodando a los horarios colombianos, a las 10 de la noche sentíamos que era tardísimo porque hacía 4 horas que no veíamos el sol. Esa primera noche en el Tayrona, después de todo lo que habíamos caminado, el sueño nos venció rápido.

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A las 6 de la mañana el sol ya nos susurraba que nos despertáramos . Tuvimos que esperar que la gente que maneja el camping abriera el depósito donde habíamos guardado nuestras cosas para poder sacar plata para ir a comprar un café a la panadería que hay ahí cerquita, donde un café no muy bueno nos costó el doble de lo que sale afuera. Ese día fuimos a conocer el sector de Cabo San Juan. Una playa hermosa que contó con la bendición del sol, por lo que se mostró más linda todavía.

NOTA DEL EDITOR CON CARA TRISTE: Se nos rompió la tarjeta de memoria dónde teníamos las fotos del Tayrona, Minca y el primer día  de Cabo de la Vela.  

Después de disfrutar un buen tiempo de esa belleza, caminamos por los boscosos caminos que bordean el mar, la idea era llegar hasta la playa Brava, pero solo se podía ir hasta allí a través de otro camino, así que nuestro recorrido llegó hasta la playa nudista, después hay un cerro que no se puede pasar por la orilla del mar. No nos animamos a sumarnos a los poco que andaban en bolas, así que volvimos hasta el Cabo San Juan. Nos quedamos un rato en el agua y después subimos al mirador para aprovechar la vista panorámica sobre el mar y la vegetación que hay desde ese punto.
Sabiendo que lo que más me gusta es el mar, puedo decir que el mar de Playa Blanca nos gustó mucho más, pero el paisaje que rodea el agua del Tayrona le da un toque extra a la vista, que es muy difícil de igualar. Además de la vegetación, se pueden ver miles de iguanas de diferentes colores y caminando hacia el Cabo de San Juan, en una de las tantas partes que estaba semi inundadas vi una culebra, con la que nos miramos mutuamente a los ojos y después de un segundo eterno los dos gritamos y salimos corriendo en direcciones opuestas. Creo que hay que informase bien antes de ir, ya que hay tres entradas pero casi todo el mundo va por la misma y dependiendo de cual entrada se elige es lo que se puede conocer, porque no se puede recorrer todo el parque caminando.

¿Vale la pena ir al Tayrona? Eso depende mucho de los gustos de cada uno, y qué quiera ver. Si lo que más les interesa es la playa, es mejor quedarse más días en Playa Blanca, si le gusta lo selvático, seguramente habrá sitios más salvajes o vírgenes para quedarse, o hay que elegir acampar de forma ilegal fuera de las áreas donde está permitido hacerlo dentro del parque. Si quieren ver las dos cosas combinadas, dentro de un lugar con una relativa comodidad, el Tayrona es el lugar ideal. Pero para poder disfrutarlo hay que tener en cuenta toda la logística. Hay que llegar a primera hora para poder disfrutar del día entero y no tener que caminar con el sol arriba de la cabeza, ir con poco peso para no sufrir las caminatas y tratar de no preocuparse por los gastos durante los días que vayas a estar allí.

Acá les dejo una guía con toda la info necesaria para visitar el parque. Y aquí algunos precios:

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Cerca de las 2 de la tarde empezamos a salir, otra vez caminata de más de una hora, buseta de 3000 y después conseguimos un bus por 5000 hasta la terminal de Santa Marta, sacamos plata y caminamos hasta la rotonda donde se toman los buses a Minca, pero por la hora que era solo conseguimos un taxi. El autito a gas subió con mucho esfuerzo el caracoleante camino hasta nuestro destino. Llegamos de noche a Minca y teníamos que buscar alojamiento, acá confirmamos la LEY #1 PARA BUSCAR ALOJAMIENTO BARATO: preguntale al hippie. Ya lo hicimos varias veces (en Cuenca y Santa Marta), nos acercamos a alguno de los tantos artesanos que hay en todos los lugares turísticos y le preguntamos si sabe donde podemos conseguir alojamiento barato y siempre te ayudan. En este caso hasta nos acompañaron un par de cuadras para indicarnos cómo llegar. Había que caminar por la oscuridad unos 10 minutos, esquivando charcos y barro y llegamos a un hotelito muy bonito, todo arbolado y con una buena vista de las sierras y de Santa Marta. Además tenía piscina, pero no la pudimos aprovechar porque nos llovió todo el tiempo.
Como estábamos desabastecidos necesitábamos comprar comida, para no pasar de nuevo por el barro, nos mandaron a una parrilla que estaba subiendo unos 5 minutos. Después de mucho tiempo comimos algo contundente y sentíamos que era un manjar después de haber comido tantas veces sandwich de atún. En Colombia generalmente los platos son abundantes, así que se puede compartir.
Llovió toda la noche y cuando nos despertamos estaba nublado. Desayunamos en la cocinita del hotel y salimos a hacer un trekking que supuestamente demora 6 horas y rodea el pueblo por la montaña. Caminamos unos 30 minutos y fuimos a conocer una cascada que se llama Pozo Azul (nombre re común en atractivos con agua en Colombia). Estábamos tan cansados que no teníamos ganas de cambiarnos para meternos, así que solo mojamos las patas y vimos cómo algunos se tiraban de una piedra alta a una olla que se forma por la caída del agua. Volvimos al camino y seguimos subiendo hacia arriba, todo el tiempo acompañados por el fiel perro rengo del hotel. Después de caminar otra media hora, hicimos dedo. Minca comenzó a ser turístico hace 3 años y todavía no está desarrollado y encima los políticos tienen unas ideas poco entendibles. El camino de montaña que rodea el pueblo está destruido y en lugar de empezar a arreglarlo de abajo para arriba, van de arriba a abajo, entonces suben todas las maquinarias y van rompiendo más el camino, que ahora en época de lluvia está en tan mal estado que casi todos los días los autos se quedan atorados y entre los vecinos se tienen que ayudar a sacar al que se queda. A nosotros nos levantó en un jeep 4×4, al que subimos Lu, el perro rengo y yo. De hecho, todos conocían al perro. El dueño del jeep era un francés, esa es otra particularidad de Minca, hay 15 franceces viviendo ahí, bastante teniendo en cuenta el tamaño del pueblo. Nos llevó en el primer tramo hasta donde estaba un camión empantanado en el barro, luego de solucionar ese problema nos llevó en el segundo tramo hasta la finca La Victoria. Esa finca es de alemanes y ocupa todo un cerro, él compró una partecita y puso un restaurante y hotel. La principal actividad de la fina es el café, hay plantaciones y un bar. Además hay una fábrica de cerveza artesanal. Recorrimos esos negocios y nos mandamos a caminar hacia arriba del cerro, para ver el paisaje de la finca y supuestamente había otro restaurante arriba. Desde ahí fuimos además del perro rengo, que había hecho los dos tramos en jeep se nos sumó otro perro más de la finca . Mientras íbamos subiendo se largó de nuevo la lluvia y nos agarró justo en un techo pequeño, así que nos cobijamos los 4 ahí. Después de una hora de lluvia la piedra sobre la que estábamos sentados los 4 ya estaba mojada y nos empezábamos a preocupar. Como habíamos escuchado ladrar un perro y vimos unos gallos un poco más arriba, Lu se la jugó y fue a  ver qué había unos pocos metros más allá y encontró una casa, así que mudamos toda la jauría a un techo que había en la casa. Luego de un rato largo de estar hablando ahí, salió una mujer, le explicamos qué hacíamos ahí y nos convidó un tintico caliente que nos vino muy bien. Aguantamos ahí como una hora más hasta que bajó un poco la intensidad de la lluvia y ya eran como las 3 de la tarde y no sabíamos cuanto nos íbamos a demorar en volver, como a las 5:30 el sol se empieza a ir y no teníamos cómo iluminarnos en las calles sin luces, decidimos salir. Además el perro rengo ya nos miraba como preguntando: ¿Qué hacemos? ¿Vamos?
Un poquito caminando y otro poquito corriendo, al final llegamos en una hora y media.
El paisaje de la finca y de todo Minca es muy lindo. Es una sierra con una vegetación muy verde, con cafetales y flores, y todo el tiempo se escucha el río que corre al costado del camino. Ojalá que construyan un camino para que los turistas que vayan en el futuro puedan acceder a todos los atractivos a los que no llegamos nosotros y que nos quedamos con ganas de ver. Hay más cascadas, más fincas, miradores y lugares para hacer avistamientos de aves.
Al día siguiente pegamos la vuelta hasta Taganga, teníamos que ir a buscar nuestras mochilas. Andrés se copó y nos dejó quedar una noche para que descansáramos, ya que al otro día teníamos uno de los tramos más difíciles del viaje, íbamos hasta Cabo de la Vela, al extremo de nuestra Sudamérica.

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