Guyana: en la variedad está el gusto

Acá empieza uno de los tramos que más nos interesaba del viaje. ¿Qué hay en las Guyanas? ¿Quienes viven y cómo es su cultura? Nunca escuchamos nada de estos países, en la escuela los nombran una vez: Guayana, Surinam y Guayana Francesa; nos muestran dónde están: allá arriba de Brasil; y nunca más nos enteramos de nada de lo que pasa en esos 3 pedacitos de continente, que parecieran ser hermanos que siempre se nombran juntos. Buscando en internet uno lee que no tienen demasiados atractivos turísticos, eso más la ubicación remota las dejan excluidas de todos los circuitos viajeros. Pero para nosotros era uno de los misterios que nos empujaron a viajar por Sudamérica, y creemos que Guyana valió la pena. Disfrutamos de su multiculturalidad, de su arquitectura única y de la calidez de un país de menos de un millón de habitantes que acaba de festejar el aniversario número 50 de su independencia.

Apenas entramos a Guyana, todo era nuevo para nosotros. La gente, el idioma, las calles en contramano. Y comenzábamos a ver que el paisaje también era otro.
Cuando se va desde Brasil, donde se maneja por la derecha, como Dios manda, hay que entrar a un derivador que te hace quedar del otro lado, o sea que venís manejando muy tranquilo como lo hiciste toda tu vida, entras al derivador y 300 metros después ya estás manejando del otro lado sin entender qué pasó.
Mientras viajábamos desde Lethem a Georgetown, cada 15 minutos mi cerebro se olvidaba de esto y pensaba que estábamos del lado equivocado de la ruta, y tardaba un par de segundos en recordar el dato.
La ruta que une las dos ciudades tiene unos 400 kilómetros de tierra, como la cruzamos en diciembre no estaba convertida en barro, así que tuvimos suerte. La entrada al país no despierta los mejores augurios, hay que ir por una ruta tapada de pozos, que a veces es solo es una huella por lo angosta que se pone.

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Para cruzar el río Esequibo hay que llegar a la orilla antes de las 6pm, ya que la balsa funciona hasta esa hora. Cruza cada una hora, se queda esperando del otro lado y si no ve a nadie, no cruza hasta la siguiente hora.
Avanzando, el tono del camino cambia y va quedando atrás el color rojizo por uno gris. Los árboles dan lugar a una sabana despejada y más amarillenta. Mientras esperábamos la balsa para cruzar el río Esequibo pudimos disfrutar de un hermoso paisaje, con un par de rápidos y una montaña de fondo.
Después de cruzar el río vuelve a aparecer el paisaje de arboleda espesa y tierra rojiza. Mientras el conductor jugaba a ser Schumacher nosotros disfrutábamos del paisaje y del agua que saltaba cuando pisaba un charco, salpicando todas las hojas de la selva, que invadían la carretera como queriendo apropiarse de un terreno que alguna vez fue suyo.

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Durante el derrotero de varias horas tuvimos 3 checkpoints donde tuvimos que presentar el pasaporte. Escuchando a los empleados de la aduana, nuestro chofer y a las personas de los checkpoints, empecé a sentir lo mismo que debe sentir un alemán que aprendió español de España y trata de entender el español de un formoseño o el cordobés básico. El idioma oficial es el inglés, pero lo hablan de una forma muy diferente a la que uno estudió o escucha en la televisión, es una variedad que llaman “Criollo”. Por ejemplo, turist lo pronunciaban toris. Me llevó 4 intentos darme cuenta que el policía quería saber si íbamos como turistas.
Fueron 9 horas de viaje por carretera de pozos hasta Lindem, ahí comenzó el viejo y querido asfalto. Nos quedaban 125 kilómetros por delante. Después de tantas horas de viaje me encontré diciendo algo que jamás pensé que iba a decir, extraño la música brasilera. En Guyana la música que más se escucha es un tipo de pop electrónico moderno y también un reggae electrónico, y tantos sintetizadores me dieron nostalgia de las percusiones brasileras.

Llegar a Georgetown fue llegar a otro mundo. Aunque en cada país existe una cultura particular, una arquitectura, una tonada diferente en las lenguas, en todos los países que habíamos recorrido era notorio que estábamos en países sudamericanos. En la capital de Guyana uno siente que cambió de continente, que la frontera era un portal que nos teletransportó varios miles de kilómetros y no que anduvimos algunos cientos.

img_5566En nuestro primer recorrido fotografiamos un montón de casas encantados con el estilo arquitectónico, la decoración de los balcones, los pilares de casas altas.
Y cuando llegamos al centro lo que despertó nuestro interés fueron las personas. Hindúes, blancos, negros, rastafaris, asiáticos, musulmanes. Todos. Todos juntos caminado, comprando, moviéndose a los gritos, todos juntos y viviendo en paz en la ciudad más bulliciosa de las 3 guyanas.

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La segundo que atrajo nuestra atención y nuestro asombro fue la variedad de iglesias.

img_5602En una misma cuadra había una adventista, una mesquita y una católica.

img_5593Además cruzamos protestantes,luteranas y budistas. Lamentablemente la mayoría estaba cerrada así que no pudimos conocer demasiado por dentro. La mezquita la estaban arreglando o ampliando, así que pedimos permiso y nos dejaron pasar. Uno de los días pasamos por la catedral Brickdam a las 5 de la tarde, la hora a que hay misa y pudimos admirar su interior, incluyendo un órgano antiguo. Al día siguiente encontramos la catedral de Saint George abierta, nos sorprendió porque pensamos que estaban refaccionandola y que no abría.

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Entramos y una mujer nos invitó a recorrerla, nos dio un papel con explicaciones de algunas partes del interior y nos dio un sobre por si queríamos dejar una donación. Revisamos el libro donde las visitas dejan mensajes, y el último registro de un argentino era de dos meses y medio antes.

También fuimos a conocer un pequeño parque en el que no había nada de particular, pero que disfrutamos porque pudimos sacar algunas buenas fotos.

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Otro de los puntos de interés es la zona de Stabroek Market. El mercado es, tal vez, la zona más convulsionada de la ciudad, los autos van y vienen haciendo difícil caminar, los cobradores te quieren subir a los buses arrastrándote del brazo, las veredas están repletas de vendedores ambulantes. En el mercado además de encontrar frutas y verduras, conocidas y desconocidas, se puede comprar pescados frescos, especies y muchos productos chinos, hindúes o árabes. Cerca del mercado está el edificio de la municipalidad (City Hall), una construcción de la década del 1880, que es uno de los edificios más lindos de la ciudad.

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A media cuadra está la corte suprema, otro ejemplo de hermosa arquitectura.
También visitamos el jardín botánico. Adentro está el zoológico, pero no lo visitamos porque ya estaba cerrando y cobran entrada. Recorrimos un poco del jardín, que es muy grande. Nosotros caminamos lo justo como para encontrar el estanque de las Victoria Regia, las plantas acuáticas gigantes que pueden verse en la región del Amazona y que son capaces de soportar el peso de un niño pequeño.

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Para salir del país hacia Surinam intentamos hacer dedo, la gente nos miraba como dos bichos muy extraños, la falta de turistas y peor aún, la falta de mochileros, hacia que fuéramos una rara excepción en la vida cotidiana. Aunque algunos nos llevaron en distintos tramos hasta donde necesitábamos, lo que más nos asombró fue que mucha gente nos dio plata para que pudiéramos seguir. La aventura (o desventura)  en la frontera con Surinam se las cuento después.

No sé si el relato refleja la belleza del país, no es fácil transmitir lo que sentíamos porque los mayores placeres estaban asociados a cuestiones intangibles y subjetiva. No estábamos en una playa del Caribe, no encontramos el Machu Picchu, pero estar tan lejos de Sudamérica estando en Sudamérica, estar en un país pequeño e ignorado por gran parte de los viajeros, conocer la diversidad cultural y religiosa que alberga una antigua colonia con apenas 50 años de independencia, nos hacía caminar con una sonrisa boba todo el tiempo y disfrutamos de esas pequeñas vivencias como si estuviéramos frente al mejor paisaje de nuestro continente.

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