Joyas del nordeste brasilero

Antes de ver las playas, cuando pensaba qué iba a contar de nuestra experiencia en la costa, creía que no iba a tener mucho para escribir, después de todo es agua, sol y arena y nada más. ¿Nada más? Lo primero que descubrimos ni siquiera fue el mar.
De todas formas, es demasiado fácil enamorarse de esos infinitos espejos de agua, y si encima tiene color turquesa o azul, y viene con arena blanca mejor. Y ni hablar si para colmo tiene música funcional con sonido brasilero. Todo eso vivimos en las playas de estas ciudades del nordeste de Brasil.

Jeri: Exceso de paisajes

Para conocer Jericoacora nos alojamos en la casa de una familia generosa de Jijoca, el pueblo más cercano a Jeri.
Para aprovechar el tiempo que teníamos, la tarde del mismo día que llegamos salimos a conocer la Lagoa do Paraíso, el atractivo más cercano de los que queríamos conocer.

img1487875190842 La lagoa nos transmitió esa felicidad instantánea que tienen los paisajes bellos acompañados de buena onda. Entramos por un bar tan lindo que teníamos miedo que nos cobraran, pero no. Pasamos el bar y vimos la laguna, aunque no estaba con el color azul de las fotos, todo el marco hacía que nos asombráramos y sonriéramos. El agua estaba verde y el fondo tiene arena blanca y súper fina. Sacamos las fotos típicas acostados en las hamacas y nos dedicamos a relajarnos. Rodeando la laguna se veían grandes dunas con una vegetación tupida, típica del desierto en el que estábamos.
El segundo día sí fuimos a Jeri. El camino para llegar es de arena y pasa por dunas enormes.

img1487874783249Habitando esos lugares desérticos hay burros, uno siente lástima preguntando qué comen o beben, pero evidentemente han evolucionado diferente que los burros de otro lado y sobreviven comiendo pequeñas hojitas o yuyitos.
Al llegar empezamos a escuchar argentinos, pero muchos argentinos. Habíamos llegado al punto geográfico donde los argentinos empiezan a viajar de vacaciones y encima en temporada alta. Parece que todo el pueblo está dedicado al turismo, todos son restaurantes, bares, negocios de Havaianas o bikinis. En Jeri hay mucha movida de kitsurfer porque hay muchísimo viento, y más todavía en Prea, una playa donde el viento además de ser fuerte es constante.
El punto a conocer era la Pedra Furada. Acá sí se cumple eso de que la felicidad también está en el camino y no solo en el final. Para llegar hay que caminar por un cerro dónde se ven cactus, aves y lagartijas de diferentes tamaños y colores. Y abajo está el mar, con sus colores cambiantes pero siempre precioso. Cada tanto se ven playas solitarias con alguna pequeña bajada que cae de una duna.

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Cuando se desciende del cerro y se comienza a caminar por la costa se empiezan a ver piedras increíbles, y lo dice alguien que no suele interesarse en piedras. Hay piedras rojas y de otros colores que por el subir y bajar de la marea, a lo largo de milenios se han ido puliendo y brillan por la luz del sol.

Llegar a la piedra es llegar al puesto de fotografía donde todos hacen las postales de Jeri.

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De ahí seguimos a la manada pensando que iban a ver unas piscinas naturales que nos habían dicho que había, pero después de caminar bastante preguntamos y en realidad todos iban a tomar un tour en bugguies. Así que nos volvimos y nos metimos en la playa que estaba cerca de la piedra. Nos llamó la atención que casi nadie aprovechaba el agua, todos hacían la caminata para sacarse la foto.
Cuando nos cansamos del agua empezamos a volver hacia el pueblo, pero nuestro niño interior nos obligó a hacer una parada previa. Íbamos a sacarnos una foto contra una pared de piedra, pero nos pareció más divertido escalar y saltar, y de paso sacar unas cuantas fotos comportándonos como criaturas de 10 años.

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Después de varias tomas sí seguimos viaje. El camino de regreso también lo disfrutamos, aunque era el mismo que a la idea, era diferente, ya que se va mirando hacia otra dirección y los colores del agua cambian de acuerdo a cómo le da el sol.
Luego fuimos a la playa que está cerca del centro del pueblo, pero duramos poco. El agua está muy lejos del inicio de la playa y siempre sigue con poca profundidad. Así que decidimos ir hasta la duna de la puesta del sol. Una vez más donde muchos van a sacar la foto, nuestro niño interior atacó y nos susurró al oído que nos tiráramos, y nos insistió tanto que tuvimos que hacerlo.

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Como estaba nublado y no se iba a ver la puesta del sol, después de tirarnos varias veces por la duna, pegamos la vuelta hacia Jijoca. Ahí cocinamos unos ravioles caseros para toda la familia y nos fuimos a dormir a nuestras hamacas.

La habíamos pasado tan bien en Jeri, que al día siguiente hicimos casi lo mismo, pero salimos más tarde para poder disfrutar de la noche del pueblo. Y en lugar de ir hasta la piedra, nos quedamos en una playa que está antes y luego nos metimos en una pequeña piscinita que se formaba entre las piedras que están por la costa, también antes de llegar a la pedra furada.
La noche del pueblo es divertida y variada. Cerca de la playa se instalan varios puestos de comida callejera y bares vendiendo tragos, que a determinada hora se ponen en círculo y ponen música para que la gente se quede bailando ahí. Como esa noche había música electrónica que no es lo que nos gusta, después de tomar una caipirinha y probar otro trago, nos volvimos al centro a escuchar un poco de música brasilera y ver un poco el mundo nocturno, que incluye malabaristas, vendedores ambulantes y turistas de todo el mundo. Cansados por el día largo que habíamos tenido, regresamos a Jeri, al día siguiente seguíamos ruta.

Pipa: el paraíso cordobés

Cuando llegamos a Pipa teníamos que buscar nuestro couch, solo sabíamos su nombre, que tenía un hostel y que era cordobés,ni el apellido ni el nombre del hostel ni la dirección. Empezamos a preguntar en los hostel y resultó que casi todos los hostel de Pipa están administrados por cordobeses, o son de o están atendidos por. Así que había candidatos para que fuera el hostel de Guille. Por suerte pudimos ubicarlo en el teléfono y nos pasó la dirección. Como estábamos en temporada alta nos podía ayudar con el hospedaje de la primera noche pero no nos garantizaba de las otras. Finalmente, dormimos las 3 noches en su hostel.
Acá también descubrimos que no todas las playas son simples playas. Cada una tiene su particularidad y una forma de disfrutarla. La primera que conocimos fue la del centro, que fue la que menos nos gustó, ya que tenía piedras y hay muchísima gente. Es mejor para familias, que cuando la marea es baja pueden disfrutar de las piscinas que quedan sobre la playa.
La segunda playa fue Praia dos enamorados. Había buenas olas, suficiente arena para estar tranquilos acostados y para almorzar las frutas que habíamos llevado.

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Después encontramos a Nico y Lau, los cordobeses que no veíamos desde el eje cafetero, que andaban viajando con un grupo. La tarde fue tranquila y con mates compartidos y mucha charla. Cuando el sol nos agotó subimos a un morro a disfrutar de la vista y el paisaje desde la altura.

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Otra de las playas que conocimos fue Praia dos golfinhos. El nombre se debe a que todos los días se pueden ver delfines (golfinhos) nadando a pocos metros de la costa.

img1488510133751Para llegar, hay que ir cuando la marea está baja, se debe bajar por la playa del centro y desde ahí caminar, atravesando piedras en algunos sectores. Solo había un par de delfines que iban y venían y había que estar atentos porque en cualquier momento pasaban nadando a pocos metros de uno. Ver un bicho de esos a tan poca distancia es buenísimo. Y cuando te das cuenta que uno pasó nadando a dos metros, ponés esta cara:

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Cara de felicidad total

Las olas son tranquilas y el agua y la arena tienen los colores justos para poner un marco ideal al avistaje de los delfines.
Al lado de golfinhos está praia dos Madeiros, igual que en la anterior hay que ir cuando la marea está baja por la costa o si no se puede ir por la ruta y bajar en la entrada que tiene. En esta playa también se pueden ver delfines, pero no nos pasaron tan cerca. De todos modos, la disfrutamos mucho más, ya que el paisaje que rodea la playa es casi selvático y uno puede pasarse mucho tiempo admirando el mar o disfrutando de la vista de la costa. Además tiene unas olas buenísimas que nos pegaron unos cuantos revolcones y donde pude practicar cómo barrenarlas. Ah, y si te ataca el niño interior, podés hacer castillitos de arena.

img1488510204985Tiene bastante infraestructura para el que quiere comer y tomar algo o alquilar una sombrilla. Por supuesto que nosotros llevamos nuestro almuerzo brasilero light, guayabas, sandía, mangos y bananas.

La noche de Pipa es buenísima y hay para todos los gustos. Boliches con música típicamente brasilera, fiestas electrónicas, bares para ir a escuchar y bailar forró o salsa, y muchísimos bares y restaurantes para comer de todo. Y se baila en la calle. Claro que como hay mayoría de argentinos, se pueden encontrar muchos ofreciendo parrillada o pastas caseras y en todos los bares hay fernet.
Nos costó irnos de Pipa, y entendimos por qué tantos cordobeses se instalan ahí. Tiene todo lo que uno necesita, variedad de playas, buena gastronomía, baile, música y muy buena onda en el ambiente.

Porto de Galinhas: Para la foto

Porto es una de esas ciudades que con dinero uno puede divertirse mucho, se puede hacer tours para ver piscinas naturales con peces de colores, se puede visitar una reserva con caballitos de mar, hay para bucear o alquilar un buggie y varias cosas más. Y para el que no tiene tanta plata, también es un excelente lugar. El agua es de las más lindas que vimos. La arena es muy blanca y fina, entonces el agua se ve turquesa y super transparente. Y lo mejor es que toda la costa tiene la misma belleza, por lo que no hace falta ir a una playa para poder disfrutar de ese paisaje.
Nosotros conseguimos Couchsurfing en Maracaipe, unos pocos kilómetros de Porto Galinhas. En realidad conseguimos un colchón en el patio de una familia con la que casi no hablamos. Pero nada nos molestaba porque estábamos a 4 cuadras de la costa. En Maracaipe el mar se une con una laguna, en la zona que se conoce como Pontal de Maracaipe, ahí uno puede elegir si nada en agua dulce o salada y si descansa de las olas o si las usa para divertirse.

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Relax en la laguna

El paisaje cambia mucho con las mareas, pero no hay que dejarse engañar por las fotos de internet, que deben estar sacadas con un drone, por lo que uno jamás va a tener esa vista.
Una mañana pensamos en salir a correr, pero tuvimos tanta suerte que apenas arrancamos llegamos a las piscinas naturales que se forman frente a la costa de Maracaipe y nos tuvimos que meter. No había mucha variedad de peces, pero es impresionante ver desde la superficie del agua el fondo del mar con toda claridad, poder verse los pies, la arena, los corales y todo como si no hubiera agua en el medio, y sin importar la profundidad de la misma.

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Cuando empezó a subir la marea regresamos a nuestro hogar temporal y desde ahí fuimos caminando hasta Porto. Andando por la costa, entre la arena y las palmeras, casi no se sienten los kilómetros que separan las dos ciudades.

Encallamos en la primera playa que vimos. El paisaje hace que uno quiera quedarse eternamente. En toda la playa de Porto hay mucha gente, sin que llegue a haber amontonamiento, aunque las personas que viven ahí opinan que ya hay demasiada gente y no les gusta tanto. En el centro de la ciudad la playa no tiene mucho espacio y cuando la marea sube es imposible quedarse, por eso es mejor instalarse a algunas cuadras, donde hay más metros de arena.

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El centro es pequeño pero pintoresco, con muchos locales de artesanía y restaurantes. Lo que le falta son bares y boliches, se nota que todavía la ciudad conserva la calma y hay una onda más familiar,  por eso tiene un público diferente que Pipa o Jeri.
Si bien la luz del sol es la que hace que la belleza del paisaje deslumbre, las estrellas también le ponen su toque mágico, por eso volvimos caminando, aprovechando que la luna estaba super brillante para iluminarnos el camino.

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Bonus track: Barra Grande

Teníamos que ir desde Porto de Galinhas hasta Salvador de Bahía, así que hicimos una parada de un par de horas para conocer el mar de Barra Grande, a pocos kilómetros de Maragogi. Lu descubrió el lugar mirando Google Maps, se fijó en dónde el agua se veía más linda, y la verdad es que don Google no le erró. Apenas vimos el color del agua nos lamentamos no tener más tiempo para quedarnos allí. Decir turquesa es un genérico, y explicar cómo era el agua es complicado, pero puedo decir que es de lo más bonito que vimos en cuanto a playas.

img1488829943308Y el lugar todavía no fue descubierto por el turismo masivo, así que todavía es un pueblo de pescadores, con poca gente veraneando. La mayoría de los que va para esa zona se queda en Maragogi, que sí es conocido y es más grande. Así que a quienes quieren una playa tranquila y paradisíaca, casi desierta, le recomendamos Barra Grande.
Eso sí, llegar o irse no es fácil. El sistema de transporte brasilero es muy malo y no hay buenas conexiones, la mayoría de los tramos están cubiertos por una o dos empresas, por lo que los horarios y precios no son buenos. En muchos casos para ir desde una ciudad a otra hay que hacer dos o tres transbordos. Para ir desde Porto de Galinhas hasta Barra, tuvimos que ir primero hasta Ipojuca, de ahí hasta Barreiros y ahí otro bus más hasta Barra Grande.

Para ir hasta Bahía fuimos primero a Maragogi, ahí tuvimos la suerte que llegamos bien con los tiempos para tomar el bus de las 14:40 (el siguiente era a las 17), porque si no tomábamos ese perdíamos el bus que teníamos desde Maceio a Bahía a las 20. Este es un ejemplo, pero esas travesías hay que hacer para unir cualquiera de los puntos turísticos de la costa brasilera. Eso sí, cada esfuerzo valió la pena, hemos conocido lugares magníficos que hasta hace poco solo eran un sueño, hoy son cientos de recuerdos y miles de fotos.

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