Bahía tem de tudo

Uno de los estados más importantes de Brasil nos hizo un resumen de lo que es este enorme país: en Salvador, primera capital de la nación, vimos mucha cultura y arte; en la Chapada Diamantina nos deslumbramos con sus  morros, sus grutas y cavernas e incursionamos en la galera hippie; en Arraial d’Ajuda disfrutamos de playas mansas con arrecifes que protegen la costa.

Salvador

Gracias a un contacto que hicimos en Pipa, conseguimos alojamiento en la residencia universitaria de Bahía, así que llegamos a un lugar con mucha onda e historia. Funciona como residencia hace varias décadas y la enorme casona quedó atrapado por altos edificios que hacen notar a primera vista la atemporalidad de ese lugar, donde viven estudiantes principalmente de artes y humanidades.

img1489548004036[1]La mezcla de personalidades hace que se conviva sin ningún tipo de prejuicio y rodeado de música, y como si al lugar le faltara onda, tiene vista y salida al mar. Lo que vivimos en la residencia es representativo de lo que es Salvador.
La primera tarde fuimos a conocer Barris, un barrio sin demasiados atractivos, pero con una plaza rodeada de edificios antiguos, entre ellos un centro de lectura portuguesa que funciona de museo, donde había una muestra sobre cómo creció Macao cuando retomó su independencia, después de 450 años de colonización portuguesa, y cuáles son los puntos en común de la cultura brasilera con ese lugar remoto en el mapa.
Después volvimos a la residencia y fuimos a caminar hacia el faro. Entramos a un fuerte a ver la caída del sol y hasta el militar que estaba parado en la puerta se sacaba selfies. De ahí caminamos hasta el faro, donde todos los días muchísima gente va para ver el atardecer.

img1489605028042[1]Había un grupo de chicos haciendo música que se fue apenas oscureció y nosotros partimos a esa hora. Seguimos avanzando por la costanera, hasta que llegamos a una esquina en donde estaba comenzando un concierto de la sinfónica de Bahía. Escuchamos un par de temas y seguimos. En cada bar había algún músico mostrando un pedacito de Brasil. Caminamos hasta cansarnos y ahí pegamos la vuelta. De regreso encontramos de nuevo la sinfónica, y alcanzamos a escuchar los últimos temas, rocks convertidos a música clásica. Todo eso es Salvador.

Todos los estudiantes que viven en la residencia tienen desayuno, almuerzo y cena. Nosotros teníamos que esperar hasta las 10 de la mañana y si sobraba desayuno, comíamos gracias al gobierno de Brasil. El segundo día, después de nuestro café da manhã gratuito, bajamos los cientos de escalones que separan la residencia del mar y, luego de una travesía por las piedras esquivando cientos de erizos, disfrutamos un poco del agua bahiana. Almorzamos y salimos para la iglesia de Nuestra Señora de Bonfim. Queda en una zona alta de la ciudad y es un punto obligatorio de todos los turistas. Es más conocida por la tradición de atar cintas en sus rejas para pedir deseos que por la iglesia en sí misma. Desde ahí también hay una buena vista de una gran parte de la ciudad.
Desde la iglesia tomamos un bus hasta el Mercado Modelo y subimos al Pelourinho por el Elevador Lacerda, pagando 15 centavos cada uno. El Pelourinho es el barrio más sobrepoblado de turistas de todo Salvador y, por lo tanto, de gente intentando hacer plata gracias a ellos. Apenas llegamos había un grupito que estaba terminando un show de capoeira, que cuando aplaudimos las últimas patadas vinieron nos , nos agarraron y se pararon para la foto con uno y después con el otro y nos pidieron una colaboración. Seguimos y encontramos una banda haciendo música muy buena. Apenas nos paramos al lado y sacamos la cámara vino uno y nos dijo que si queríamos filmar teníamos que pagar. Fue bastante incómodo porque no te dejan disfrutar del espectáculo y después ver si te interesa o no antes de manguearte. Pero como le dijimos que recién llegábamos y no le dimos pota se fue. La banda era de muchos músicos muy buenos y viejos, que se notaban felices de estar haciendo lo que hacían.

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Retomamos el camino para conocer el resto del barrio y apareció una batucada con muchísimos instrumentos de percusión tocados todos por mujeres, en una campaña en contra de la violencia de género. Como muchísima gente iba caminando detrás de la música, los los vivos de siempre andaban con pintura blanca pintando a los turistas sin preguntar y después pidiendo 5 reales por haberte pintado el brazo. Lo triste fue que ni siquiera entendían el significado de lo que pintaban, tal vez si me hubieran vendido la historia los hubiera aceptado con gusto. Después averiguamos y nos contaron que son símbolos que hacía tradicionalmente una tribu brasilera y que los popularizó el músico Carlinhos Brown junto a una de sus bandas.

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Además de respirarse música, en el Pelourinho también se encuentra mucha pintura. Hay puestos vendiendo cuadros con representaciones del barrio o escenas típicas de Bahía y muchas otras obras de arte por todo el barrio. También es un buen lugar para comprar recuerdos regalos.
Caminamos mucho por todas las callecitas y volvimos a la plaza a comer. Después a caminar de nuevo y entramos a un lugar de donde salía música. ¿Vamos a ver qué hay? Vamos.
Y lo que había era un recital en vivo con mucho publico y más onda. Así que nos quedamos escuchando y bailando un par de horas. En el medio del recital salimos pensando en que no se hiciera tarde para poder ir en bus, pero la propia policía nos dijo que eta peligroso, que fuéramos en taxi a esa hora. Cuando la policía en lugar de decirte “Quédense tranquilos, que está todo cuidado ” o “La ciudad es segura”, da una mezcla de bronca y miedo, porque supuestamente ellos están para que vos puedas estar tranquilo y puedas tomarte un bus a cualquier hora, pero nos pasó en varios lugares que ellos mismos son los que meten miedo, como diciendo “Somos inútiles, estamos al pedo, si salís de la zona turística no nos interesa lo que te pase”. En fin, como igual íbamos a tener que gastar en taxi, volvimos al baile y nos quedamos hasta tarde.
El último día nos fuimos a conocer una de las playas de Salvador. Nos sirvió para descansar un poco, pero habiendo estado en las playas del nordeste, esta parecía solo otra playa. Sin poder deslumbrarnos, nos quedamos un rato, nos resfrescamos y volvimos a la residencia para partir hacia nuestro siguiente destino.

Chapada Diamantina

La Chapada es una región enorme dentro del estado de Bahía, con morros, cascadas y floresta abundante. Como a la mayoría de los puntos turísticos brasileros, a este tampoco es fácil llegar. Dentro de la Chapada hay varios pueblos distantes unos de otros y a cada pueblo va una compañía diferente de bus. Así que había que elegir qué queríamos conocer, de acuerdo a eso dónde parar y luego ver qué empresa nos llevaba. Fuimos hasta Palmeiras y desde ahí en una camioneta hasta Vale do Capao. Son pueblos pintorescos, con casas construidas en las primeras décadas del siglo XX.
Paramos en un camping en el que nos dieron la carpa. Apenas terminamos de armarla nos acercamos a socializar un poco con la gente que estaba instalada. Era u a pareja de brasileros y una pareja de un chileno y una brasilera. Después de almorzar fuimos a ver una de las cachoeiras (cascadas) que hay en la zona. Nosotros no conocíamos nada, así que aceptábamos cualquier plan. No sé si hubiéramos aceptado ir a la que fuimos, cascada Angélica, fueron más de dos horas de caminata para llegar, y nosotros casi no habíamos dormido durante la noche así que se nos hizo largo el paseo. Pero al llegar encontramos un lugar muy lindo y con muy buena onda. La cascada era pequeña pero golpeaba contra una piedra justo antes de caer, por lo que el agua descendía con mucha fuerza y hacía unos masajes buenísimos. El agua luego formaba una pequeña laguna bastante fría y con unos pozos profundos donde se escondían algunos peces. La espesa arboleda rodeaba todo y como estábamos en Bahía, no podía faltar la música para terminar de ambientar todo. La parejita de brasileros tocaba la guitarra y el triángulo y cantaba. Otros grupos de brasileros se sumaron a cantar, con Lu solo nos mirábamos y sonreíamos, pensando la suerte que teníamos de estar en ese lugar, en ese momento.
Después de refrescarnos bastante, el resto del grupo quiso ver si se podía llegar hasta otra cascada, se suponía que no estaba tan lejos, pero había varias bifurcaciones y no pudimos llegar. Así que nos quedamos merendando bajo un árbol y empapando los ojos del paisaje que nos rodeaba.
La vuelta se hizo interminable, nos llevó 3 horas llegar hasta el pueblo, y terminamos con las piernas reventadas.
Al día siguiente estábamos todos tan cansados que no hicimos mucho, a nosotros se nos juntó el agotamiento de los casi 6 meses de estar en movimiento con lo del día anterior. Como los 4 con los que estábamos eran artesanos, estuvimos aprendiendo un poco del arte y acompañandolos mientras preparaban todas sus cosas para poder salir a vender a la tarde. Mientras escuchabamos algunas de las fascinantes historias que Luzia había vivido. Desde su infancia en Minas Gerais cazando pajaritos para darle de comer a sus hermanos hasta las peleas en Brasilia con las hippies viejas o las estrategias para venderle a los argentinos que siempre pedían descuentos durante el mundial y los juegos olímpicos. Como para no ser menos, nosotros llevamos a la plaza los aros que habíamos llevado desde Córdoba, pero había dos problemas: no tenemos pasta para vender artesanías y en el pueblo eran más vendedores que compradores. Así que no vendimos nada.
El tercer día fue similar, solo que la otra pareja se fue del camping y a la noche con Lu hicimos un pollo al disco en el medio del camping, y ante la falta de un fernet para acompañar el proceso, nos pusimos a pensar, ¿será que algún sociólogo desentrañó el misterio de por qué a los argentinos nos gusta tanto prender fuego?

Lo más lindo que hicimos (turísticamente hablando) en la Chapada fue la excursión que llaman Ruta 1. Lo primero que visitamos fue lo más increíble, la caverna de Lapa Dulce. Es una caverna de 42 kilómetros de largo, pero so se camina un kilómetro. Tiene estalagmitas, estalactitas, columnas y figuras de animales.

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Es una sensación única, que no habíamos tenido en otros sitios durante este viaje, estar caminando bajo la tierra pero sin estar encerrado. La caverna tiene como 30 metros de alto y 60 de ancho. Solo viven animales capaces de andar en la oscuridad. En un momento el guía nos hizo apagar todas las linternas y hacer silencio. Debe ser la misma sensación que tiene un ciego o alguien que despierta en un ataúd. No se veía absolutamente nada nada. Ponía mis dedos a un centímetro de mis ojos y no los veía. Y el silencio era tan fuerte que generaba un murmullo dentro de los oídos.

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De ahí nos fuimos a conocer una laguna azul, una cueva y otra caverna. La cueva en Internet figura con un azul impresionante, lo que no dice Internet es que el agua se ve de ese color cuando el sol le da directo, claro que dependiendo de la época del año el sol ilumina de diferente forma. Por el ángulo con el que entra la luz en esta época del año, solo una pequeña porción de la cueva se veía azul. La caverna también tiene una gran belleza, el agua se ve transparente y hay miles de peces nadando.

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Para poder entrar y nadar, se deben pagar unos 40 reales. Como es área protegida no se puede pisar el suelo de la caverna, donde hay miles de conchitas marinas, por eso solo te dejan entrar nadando y para eso hay que pagar por el alquiler de los equipos (patas de rana y snorquel) y por el guía que te lleva adentro de la caverna.
La laguna sí es una preciosura que se disfruta sin pagar nada extra. La entrada estaba incluida en el tour, e incluía la caverna y la cueva.
Con un fondo azul intenso y una transparencia total, es uno de esos lugares al que querés sacarle cientos de fotos, esperando que alguna haga justicia a la realidad.

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Esta foto casi hace justicia a la belleza del lugar

De ahí nos fuimos a conocer el morro de Pai Ignacio. Un morro que incluye una leyenda romántica y una de las vistas más famosas de la Chapada. Es el lugar ideal para ir a ver el atardecer, con muuucho terreno por delante hasta el horizonte. Se disfruta de la vista de varios morros, subidas y bajadas y de una ruta lejana que se pierde entre los distintos tonos de verdes. Nos fuimos a un punto lejano para poder ver todo eso, hasta que un guardia nos dijo que no se podía estar ahí y tuvimos que retroceder hasta otra área donde había más concentración de personas y la vista era ligeramente diferente, pero igual de imponente.

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Atardecer sobre los morros

Arraial d´Ajuda

Como pegamos buena onda con la otra pareja, seguimos viaje juntos. Como siempre, ir de un punto al otro fue todo un tema. Mirar mucho el mapa (con escasa conexión a Internet), averiguar en una agencia de viajes las alternativas, preguntar en las empresas las combinaciones posibles y las formas más rápidas. Al final desde Vale do Capao fuimos hasta Feria de Santana, de ahí hasta Victoria de la Conquista y de ahí a Porto Seguro. Intentamos averiguar un camping, nadie sabía nada, o peor, los que decían saber en realidad nos dieron mala información. Así que nos fuimos a Arraial, ahí tampoco tuvimos suerte consiguiendo camping y terminamos en un departamentito para 4. Camilo, el amigo chileno, consiguió que una verdulería le regalara una bolsa gigante con un montón de cosas, así que estuvimos bien provistos de verduras en toda nuestra estadía.
En Arraial no hicimos demasiado. A esa altura del viaje ya estábamos cansados y preferíamos no movernos demasiado. Cerca hay muchos lugares lindos y playas espectaculares para conocer, pero para nosotros era suficiente lo que teníamos a mano. El agua es de un tono turquesa pero no tiene la belleza del mar del nordeste.

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Bahía también tiene playas turquesas

Había algunos sectores donde era calma y sin olas y en otras partes era un poco más agitado, sin llegar a ser un mar bravo. Por toda esa zona hay muchos arrecifes, por lo que es posible caminar en el medio del mar por el fondo rocoso de corales.
Lo diferente en Arraial fue que volvimos a intentar con el negocio gastronómico. Esta vez en lugar de empanadas probamos con panqueques. Descubrimos que a los brasileros no les gustan las cosas dulces y que los argentinos compran más, tal vez porque el panqueque para nosotros tenga algo que ver con la infancia.

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Tratando de ganar unos reales

La noche del pueblo era bastante tranquila, hay una plaza con muchos artesanos, una peatonal con un puñado de negocios y restaurantes y alguna banda haciendo música todas las noches. Nosotros la pasábamos en el departamento, tomando caipirinha y compartiendo historias.
Después de varios días bastante relajados, nos esperaba un viaje larguísimo hasta Río de Janeiro. Primero hicimos una parada de un par de horas en Porto Seguro, dónde alcanzamos a ver una pequeña exhibición de capoeira y conocimos lo que queda de la ciudad histórica, donde se instalaron los portugueses que llegaron a la zona.
De ahí nos fuimos, despidiéndonos de uno de los estados más interesantes de Brasil, con una enorme importancia cultural y paisajes increíbles, que van desde grandes morros y profundas cavernas hasta bellas playas mansas. Lo que nos esperaba era tan bueno como Bahía, nos íbamos para Río de Janeiro,

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